Voces que resuenan. 40 años de resistencia desde el Palacio de Justicia y Armero
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Voces que resuenan. 40 años de resistencia desde el Palacio de Justicia y Armero

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Voces que resuenan. 40 años de resistencia desde el Palacio de Justicia y Armero

En noviembre de 1985, dos tragedias estremecieron a Colombia: la toma y retoma del Palacio de Justicia y la avalancha de Armero. Entre la violencia, la negligencia estatal y las versiones confusas difundidas por los medios y el Gobierno, muchas voces quedaron en el olvido. Este especial reconstruye esos días desde quienes vivieron y resistieron, a tr avés de testimonios.

Temas:
Lugares:Período:Idiomas:

Escrito por

María Camila Sánchez Noreña, Sarita Giraldo Arenas, Juan Alejandro Lozano Bernal y William Samuel Abaunza Abaunza

Investigadores del Grupo de Colecciones y Servicios.




Introducción

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«Dos tragedias que enlutaron a Colombia» 

La Patria, Manizales. Diciembre de 1985. Signatura L-12755

Noviembre de 1985 marcó un punto de quiebre en la historia reciente de Colombia. En menos de dos semanas, el país enfrentó dos acontecimientos que sacudieron profundamente su tejido social: la toma del Palacio de Justicia por el M-19 y la posterior retoma militar, así como la tragedia de Armero, causada por el lahar[1] generado a partir de la erupción del cráter Arenas, Volcán Nevado del Ruiz. 

Entre el 6 y 7 de noviembre, la nación siguió por radio y televisión la toma al Palacio de Justicia en el centro de Bogotá, por parte del M-19, derivada luego en una violenta respuesta por parte del ejército colombiano. A pesar del ocultamiento de los hechos, imágenes que mostraban personas salir del edificio, tanques de guerra, humo y fuego, fueron difundidas de forma masiva en los medios. Esas caóticas escenas sirvieron para encubrir la desaparición de decenas de personas que fueron vistas con vida al salir del Palacio, pero cuyos cuerpos fueron encontrados dentro del mismo o en fosas comunes como N.N. La historia oficial se centró en la confrontación armada y en la figura del M-19 mientras silenciaba las responsabilidades estatales y las denuncias de familiares que exigían conocer el paradero de sus seres queridos. 

Apenas una semana después, el 13 de noviembre, la erupción del Nevado del Ruiz desencadenó una avalancha de lodo, nieve y rocas que sepultó al municipio de Armero, Tolima, y dejó más de 20.000 muertos. Desde septiembre, el volcán había mostrado signos de actividad: la caída de ceniza sobre Manizales y poblaciones cercanas eran un aviso innegable. Sin embargo, las advertencias científicas no se tradujeron en planes de evacuación efectivos. La negligencia de las autoridades, que subestimaron el riesgo, resultó fatal. 

En ambos casos, la información que circuló estuvo mediada por intereses políticos y narrativas oficiales que crearon confusión. Los medios de comunicación y las versiones oficiales levantaron cortinas de humo que desviaron la atención de la negligencia estatal: en el caso del Palacio de Justicia, la violencia se explicó como consecuencia exclusiva del accionar guerrillero, y durante la Retoma, las emisoras fueron obligadas a transmitir un partido de futbol; en Armero, la magnitud de la catástrofe se presentó como inevitable, eludiendo así el debate sobre las fallas en la prevención y la protección de la población. 

Este especial se propone ser una caja de resonancia de las voces silenciadas. A través de libros testimoniales, artículos de prensa y fotografías resguardados en la Biblioteca Nacional de Colombia, se escucharán a quienes estuvieron allí, cuyos relatos fueron opacados o descartados por el poder. Esta investigación busca reconocer la importancia de los procesos de sanación y de construcción de la memoria colectiva, más que centrarse en el dolor de los momentos. Por esto, serán importantes las fotografías de Betty Elder, una mujer estadounidense que retrató Armero más allá de la catástrofe, pues pudo ver las actividades de reconstrucción. Entretejer noviembre de 1985 a partir de los relatos de víctimas, sobrevivientes y testigos permite cuestionar la historia oficial y entender cómo el olvido se fabrica desde los intereses del Estado y de los medios de comunicación, pero también las posibilidades de resistir desde la memoria colectiva. 

Recordar no es solo volver sobre el dolor, sino abrir un espacio para la verdad y para el reconocimiento de responsabilidades. En un mes en el que el país enfrentó dos tragedias distintas, pero unidas por la negligencia y la manipulación de la información, escuchar a los y las protagonistas silenciadas es un acto de justicia y memoria.

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«De luto: tragedia tras tragedia». Caricatura de Jorge Peña. El Espectador, viernes 15 de noviembre 1985. Signatura L-754

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[1] Lahar hace referencia al conjunto de residuos derivados de la erupción de un volcán, y que incluyen piedras, lodo, material orgánico, etc.

¿Se pudo evitar?

Los dos acontecimientos de noviembre de 1985 se constituyeron en el desenlace de diferentes tensiones políticas y sociales que se habían venido presentando durante años en Colombia. En su gobierno (1982-1986), Belisario Betancur había buscado utilizar como instrumento principal el diálogo para alcanzar la paz con las diversas guerrillas, entre ellas el M-19, grupo creado con motivo de las irregularidades electorales del 19 de abril de 1970. No obstante, debido a desconfianzas de parte y parte, incumplimientos de acuerdos y ataques mutuos, ya para 1985 estaba rota la tregua que el año anterior había sido pactada entre el Gobierno y el M-19. El robo de armas del Cantón Norte en 1978 y la toma de la Embajada de República Dominicana en 1980 —durante la cual el M-19 retuvo a decenas de diplomáticos por casi dos meses— fueron antecedentes determinantes de los hechos del Palacio de Justicia. En los meses previos a la toma del Palacio, hubo un escalamiento de las hostilidades: el asesinato de militantes del M-19 en enfrentamiento con la Policía y el atentado por parte del M-19 contra el general Rafael Samudio, comandante del Ejército. Circularon amenazas por parte de grupos vinculados con el narcotráfico contra la Corte Suprema y el Consejo de Estado, y se detectaron planes de asalto al Palacio. A pesar de todo esto, la Policía retiró inexplicablemente el esquema de protección del Palacio el 5 de noviembre, un día antes de la toma. 

 

«Para el 6 de noviembre había disminuido mucho la vigilancia. La gente decía: “Como todo aquí en Colombia, se cansaron de vigilar”»[2]. 

 

Por otro lado, el 13 de noviembre sucedió la tragedia de la avalancha de Armero, consecuencia directa de la erupción del volcán Nevado del Ruiz, situado en la cordillera central de los Andes colombianos. Hay evidencia de erupciones incluso de hace miles de años en el volcán y ya desde la época de la invasión colonial del territorio hay registro de avalanchas de lodo: 1595, 1623, 1805, 1829, 1845, 1916 son fechas de los antecedentes geológicos de estos hechos. Por ejemplo, en 1845 se registraron flujos de sedimentos y agua que provocaron la pérdida de muchas vidas en la población aledaña al valle del río Lagunilla. 

«No salía azufre en tal cantidad, no estaban pasadas las noches lluviosas a olores azufrados, no temblaba tanto en los alrededores del nevado, desde 1916, dicen los viejos»[3]. 

 

A comienzos de 1985, el volcán empezó a mostrar señales de reactivación: sismos, emisiones de gases y cenizas. En septiembre de ese año, una columna eruptiva llenó de ceniza varios sitios, entre los que estaba Armero. Personas expertas alertaron sobre la posibilidad de lahares en el caso de que llegara a derretirse parte del glaciar. Pese a esto, las medidas de prevención fueron escasas y la población continuó con su cotidianidad. 

La falta de previsión estatal en ambos acontecimientos y la ausencia de una respuesta efectiva agravaron el sufrimiento de miles de víctimas. 

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[2] Testimonio de Clara Forero, entonces Fiscal del Consejo de Estado, Informe Final, p. 104

[3] La explotación del volcán, p. 13

Dos miércoles paralelos: 6 y 13 de noviembre, 1985

Un campo de batalla en pleno centro de Bogotá

Dos sucesos que comparten un mismo número: 11. A las 11:30 del miércoles 6 de noviembre, un camión se ubicó a un costado del Palacio. Varias personas armadas descendieron del vehículo e ingresaron al inmueble a través del parqueadero después de abatir a los dos celadores que custodiaban el área. Poco a poco, los subversivos fueron ganando terreno y empezaron a ubicarse en sitios estratégicos. Minutos después, agentes de la Fuerza Pública llegaron a reforzar el área. Mientras tanto, desde el Palacio de Nariño, Betancur convocaba una reunión de ministros para analizar la situación.   

Paralelamente, en la Plaza de Bolívar se observaba un panorama inquietante: tanques cascabel, vehículos blindados, helicópteros y decenas de policías, militares y civiles armados dirigían la mirada hacia el costado norte. A las 2 de la tarde, el primer Cascabel intentó entrar por la puerta principal del Palacio. 

4:00 pm: a esta hora, el presidente de la Corte Suprema de Justicia, el abogado tolimense Alfonso Reyes Echandía solicitaba el cese al fuego desde su oficina en el cuarto piso del edificio. Tomado como rehén por el M-19, junto con otros magistrados, su angustiosa voz comenzaba a oírse en medios de comunicación. El propósito de Reyes Echandía era comunicarse con el presidente vía telefónica y solicitarle que diera la orden de cese al fuego. Su petición nunca fue escuchada:

 

«¡Por favor que nos ayuden, que cese el fuego! La situación es dramática. Estamos rodeados aquí del personal del M-19, por favor que cese el fuego inmediatamente, divulgue ante la opinión pública, esto es urgente, es de vida o muerte, ¿si me oyen?»[4]. 

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Mi vida y el palacio: 6 y 7 de noviembre de 1985, Helena Uran Bidegain, 2023, A 226473)

Mientras tanto, en las calles la situación era muy similar: los sonidos de disparos, los gritos de los integrantes del M-19, así como la presión ejercida por las autoridades en el lugar, generaron una sensación de hermetismo absoluto. Los comercios aledaños al Palacio tuvieron que cerrar, los planteles educativos como colegios y universidades cercanos a la Plaza de Bolívar suspendieron clases y el tránsito peatonal se restringió en un área circundante bastante amplia. 

«De un momento a otro las calles adyacentes al Palacio de Justicia se desocuparon. Los peatones, parapetados apenas detrás de su propia curiosidad, insistían en convertirse en testigos oculares de la batalla. En las oficinas, los empleados se encerraron en los despachos y no tuvieron otro recurso que agazaparse bajo los escritorios, y acaso rezar»[5].

Ya en la noche el Palacio ardía, mientras los Bomberos de Bogotá intentaban apagar infructuosamente las llamas por el tiroteo. Muchas personas aún se encontraban en su interior. Para la madrugada, seguían habiendo intercambios de bala entre militares y guerrilleros. Al mediodía del 7 de noviembre, el Ejército tomó el control total de la edificación y horas más tarde, cuando el incendio ya se había apaciguado, Betancur, en alocución televisada a todo el país, asumió la total responsabilidad de los hechos.

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[4] “Qué cese el fuego”. El Espectador, jueves 7 de noviembre 1985.

[5] “...Parecía como un día normal...”. El Espectador, jueves 7 de noviembre 1985.

El único aviso fue un ruido terrible

La misma ola de dolor y vacío, ahora proveniente de la naturaleza, se vivió tan solo una semana después. Para algunos, el miércoles 13 de noviembre de 1985 se sintió como el resto de los días: apaciguados, sosegados y calurosos, salvo la intensa lluvia de ceniza que empezó a caer sobre el municipio desde las primeras horas de la tarde y la recomendación de taparse la nariz y boca con pañuelos húmedos para evitar problemas respiratorios. Para otros, ese día comenzó a sentirse muy intenso, como si la tierra misma avisase sobre los eventos futuros. De estos habitantes, pocos sentían que las cosas iban a empeorar, percibiendo la necesidad de huir de Armero. 

11:30 p.m: esta es la hora aproximada de llegada de la avalancha al municipio tolimense, a través del río Lagunilla y, en menor medida, por el cañón el Azufrado. Salvaje y veloz, así la resumen los testimonios de miles de sobrevivientes. 

Como lo describe el periódico El Espectador, en su edición del viernes 15 de noviembre de 1985, dos días después del desastre, para las horas de la noche de ese miércoles, los habitantes del municipio estaban inmersos en su cotidianidad:

«Los sobrevivientes recuerdan en su mayoría que habían estado mirando la novela en la televisión y que luego comenzó a caer lluvia de arena (ceniza) que los puso sobre aviso (...) Luego se fue la luz y comenzó a oírse el estruendo de las aguas que bajaban arrastrando cuanto elemento encontraban»[6].

Luz García, quien vivió allí durante su infancia y parte de su adolescencia, recoge en su obra Armero, un luto permanente numerosos testimonios que expresan la difícil circunstancia de escapar de la furia volcánica, paralelo con la añoranza de un pueblo pujante y próspero. Gloria Amparo Urueña, quien en aquel tiempo se desempeñaba como auxiliar de odontología, expresa: 

«Honestamente no me gusta dar testimonios porque me recuerda eso y me erizo. Eso es muy tenaz... no es como las personas creen, eso es muy doloroso. Bueno... se fue la luz y los vecinos gritaban: “¡Salgan, salgan que el volcán hizo erupción!” Cogí a mi mamá de la mano y salimos. Recordamos que nos habían hablado de unos sitios claves, pero nunca se refirieron al volcán sino a que el río estaba represado... esperábamos agua, no ese infierno del lodo»[7].

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[6] Mendoza, Rafael. “El único aviso fue un ruido terrible”. El Espectador, viernes 15 de noviembre de 1985.

[7] Ureña, Gloria Amparo, “Lamentamos comunicarles...”, en Armero, un luto permanente, ed. Por Luz García (Apidama Ediciones, 2015), 128.

Los muros caen, la gente corre...

«En mi casa yo veía televisión con mi hijo. En el noticiero dieron un extra: acaba de explotar el Nevado del Ruiz, se vino la avalancha. Y no dijeron más. A las 11:15 de la noche se escuchó el estallido, se fue la luz, y en segundos la casa se inundó de lodo. Todos quedamos ahí. La casa se partió en varios pedazos y luego fue sepultada por el estadio que al destruirse se llevó todas las casas a su alrededor»[8].

Las viviendas, alguna vez seguras y confortables, habitadas según la necesidad de sus moradores, hayan representado, al momento exacto del desastre, un peligro explícito. La caída de todo tipo de estructuras, escombros a lo largo de toda el área, muros destrozados, tejas de zinc rotas, palos y alambres, representaban un peligro extremo para las personas. El choque e impacto violento de estos objetos provocaron contusiones e incluso desmembramientos. La misma avalancha atrapaba a la gente, impidiéndoles moverse libremente; incluso, no les permitía respirar.

12 Lo que fue la hacienda de los Rojas 05033_s_r12ag74pvhz4609 (1).jpg
«Lo que fue la hacienda de los Rojas». Betty Elder, 1985. 

 

El caos del momento, cuando el lahar llegaba al municipio, sepultándolo con violencia, provocó que las personas corrieran por las calles, sin rumbo fijo en la oscuridad; algunos huían con sus familiares y allegados, llevando consigo poquísimas pertenencias. Mientras tanto, otros, sorprendidos por el intenso lodo, quedaron atrapados y sepultados en sus viviendas o donde la avalancha los haya sorprendido. 

 

«Hubo una fuerte vibración del terreno y fue cuando la pared gris que divisaba el frente cerrando el otro extremo de las residencias, estalló en mil pedazos y lo que pude contemplar era una inmensa ola de pantano cargada de piedras. Toda la construcción se desplomó, el piso, los muros. (...) Tuve que luchar para liberar mi pie izquierdo que se quedó momentáneamente aprisionado entre las ruinas ya sumergidas. (...) Luego de un intenso forcejeo, conseguí subirme y acomodarme sobre un fragmento de planchón de concreto»[9].

«¿Dónde están su mamá y sus hermanos? —le preguntó. —No sé —y entonces pensó que estaban solos. —Mijo aquí me quedo... mire, ya tenemos más de cuatro horas en el lodo y la gangrena nos viene encima... ¿entonces para qué vamos a vivir con esto? —le dije a Germán. Cuando amaneció y llegaron los primeros socorristas, Hely mandó a Germán a buscar algo. Llamó a un socorrista y le pidió que le prestara una navaja para cortarse el cinturón... y entonces... se quitó la vida... lo hizo... se quitó la vida. Germán regresó y el socorrista le dijo asustado: —Él me dijo que le prestara la navaja y mire lo que hizo— (...) Más tarde me rescataron en un helicóptero, me llevaron a Lérida, me bañaron y me mandaron para Ibagué»[10].

7 No quedo nada que pudiera detener los torrentes 00090_s_r12ag74pvhz0023 (1).jpg
«No quedó nada que pudiera detener los torrentes». Betty Elder, 1985.

Casas, calles, plazas, comercio, colegios y hospitales, entre otros establecimientos, quedaron completamente arrasados, salvo el cementerio, que, por estar ubicado en una colina, se salvó. Más de 20.000 personas perecieron en el peor desastre natural en la historia colombiana. 

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[8] Moreno Sánchez, Lizardo, “El perro me salvó la vida”, en Armero, un luto permanente, ed. Por Luz García (Apidama Ediciones, 2015), 117.

[9] Cubillos, Víctor Hernán. No íbamos para Armero. Testimonio de un sobreviviente, (Grafitel, 2015), 56-57. 

[10] Amaya, Carmen, “Ahí, la tercera costilla”, en Armero, un luto permanente, ed. Por Luz García (Apidama Ediciones, 2015), 101.

¿Y ahora qué?

La pregunta que surgió después de los trágicos sucesos de esas dos semanas se resume en: ¿Y ahora qué?... Todo fue incertidumbre, dolor, pérdida, desconsuelo. 

Los acontecimientos del Palacio de Justicia dejaron, de los que se conoce oficialmente, centenares de muertos. Diversos informes, como los del Tribunal de Instrucción y la Procuraduría, determinaron que las víctimas dentro del recinto pudieron ser entre 89 y 95 personas identificadas, cuyos cuerpos fueron recuperados en la Corte Suprema, pero otros se encontraron en fosas comunes en, por ejemplo, el Cementerio del Sur en Bogotá.   

¿Dónde están los demás desaparecidos? Muchos fueron vistos saliendo del Palacio el 7 de noviembre, llevados a la Casa del Florero, pero nunca más fueron encontrados. Familiares de magistrados, visitantes y trabajadores de la Corte se dieron a la tarea de buscar a sus seres amados en hospitales, Medicina Legal y batallones militares.   

En esta búsqueda, Sandra Beltrán, hermana del empleado de la cafetería Bernardo Beltrán, relata que «en el proceso de búsqueda nos fuimos encontrando con los demás familiares en los sitios a los que íbamos, y ahí empezamos a darnos cuenta que los que faltaban, los que no aparecían y de los que no se sabía absolutamente nada, era de los trabajadores de la cafetería»[11].

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Vivir sin los otros: los desaparecidos del palacio de justicia, Fernando González Santos, 2010, A 113060

Con el paso de los días, inevitablemente, los cuerpos del Palacio se juntaron con los de la tragedia de Armero en fosas comunes. Mientras en Bogotá se sufría a los desaparecidos y asesinados, en Armero se buscaba evitar más muertes.   

Malos olores, enfermedades y violaciones fueron el orden del día para los que permanecían en las ruinas del pueblo buscando a sus familiares o las pocas pertenencias que les quedaron. Los relatos de socorristas, médicos y sobrevivientes erizaban la piel de quienes los escuchaban y nadie sabía a dónde ir, dónde se encontraban sus parientes, ni cuál era el paso a seguir. María Eugenia Caldas, presidenta de las Damas Grises de la Cruz Roja narra que «al campamento llegaban todos los heridos. Los ponían en camillas. Vi mucha gente conocida. Cada vez que veía a alguien me emocionaba. Me alegraba a pesar del dolor. […] A pesar de que decían que todo estaba arrasado, yo me imaginaba que algo debía de haber quedado»[12].

18 Quienes no vivían en tienda de campaña 05008_s_r12ag74pvhz4584 (2).jpg
«Quienes no vivían en tiendas de campaña». Betty Elder, 1985.

Los días que siguieron a ambos acontecimientos significaron un desafío físico, moral y emocional para los que sobrevivieron y sus familias. Testimonios como los de César Rodríguez, hermano del administrador de la cafetería del Palacio, Carlos Rodríguez, dan muestra de la trágica realidad: 

«En ese momento nosotros no pensábamos en desaparecidos, […] pero a raíz de las llamadas anónimas que empezamos a recibir supimos que Carlos había sido llevado a la Escuela de Caballería y que había sido torturado y asesinado»[13]. 

Reconstruir y salir adelante parecía la respuesta a sus problemas, pero ¿realmente lo era? ¿Qué tan fácil sería continuar sin hogar, sin sus seres amados, sin su legado?

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Armero, Tolima: secuencia 1 Nereo López Ca. 1985 y 1990 fnereod_12530 

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[11] Maya y Petro, Prohibido olvidar: dos miradas sobre la toma del Palacio de Justicia (Casa Editorial Pisando Callos, 2006), 230

[12] Correa, El barro y el silencio. (Laguna libros, 2018),114 

[13] Maya y Petro, Prohibido olvidar: dos miradas sobre la toma del Palacio de Justicia, 231-232

 

Reencuentro

Con el paso del tiempo, la desinformación que rodeó ambos acontecimientos se hizo evidente. Esa falta de claridad revictimizó a las personas involucradas y abrió una herida profunda en la sociedad colombiana. El país vivía entre versiones contradictorias mientras las familias de las víctimas buscaban formas de rehacer su vida. La unión se convirtió en un acto de resistencia frente a la violencia sistemática que intentaba invisibilizar y silenciar. 

A ambos acontecimientos les siguieron procesos de reconstrucción, que significaron rehacer lo cotidiano. Después de Armero, las personas se trasladaron a otros lugares, reorganizaron sus familias fragmentadas y asumieron nuevas labores. El libro Un paraíso perdido que reúne testimonios de jóvenes adolescentes siete años después de la tragedia, relata lo difícil que fue para ellos cambiar de colegio a uno donde no les entendían lo que habían vivido y los estigmatizaban por ser “los de Armero”. Pero el dolor no fue el único que reconstruyó la cotidianidad, en los relatos de los adolescentes se puede ver el surgimiento de la unión: «En nosotros se desarrolló mucha solidaridad, si a mí me daban un lápiz, yo trataba de compartirlo, de decir: “bueno, yo ya tengo un lápiz, tome usted que no tiene”; con los cuadernos lo mismo», recuerda una sobreviviente. Luz García, por su parte, cuenta en su obra cómo la llegada de Juan Pablo II y la declaración del lugar como camposanto otorgaron un sentido espiritual al duelo. 

Esta acción colectiva también se manifestó en el caso del Palacio de Justicia: familiares de las víctimas y miembros de la comunidad se unieron en un esfuerzo por reconstruir la memoria y esclarecer lo ocurrido con sus seres queridos. En 2010, el Estado fue juzgado por primera vez por su actuación en estos hechos, con la condena del coronel Alfonso Plazas Vega. Treinta años después, se realizaron exhumaciones que revelaron que algunos de los cuerpos enterrados no correspondían a las víctimas identificadas por sus familiares. La desaparición forzada fue reconocida, en Colombia, como delito solo hasta el año 2000, lo que permitió reexaminar la toma del Palacio de Justicia desde una nueva perspectiva. Casos como el de Helena Urán Bidegain, quien relató cómo una amiga vio salir con vida a su padre del Palacio, aunque luego fue hallado muerto dentro del edificio, mantuvieron viva la exigencia de justicia. Con el paso del tiempo, también emergieron testimonios como el de Clara Helena Enciso, excombatiente del M-19, quien estuvo al cuidado de un baño con rehenes y heridos. Su relato, recogido en el libro Noches de humo, ofrece nuevas reflexiones sobre lo vivido: 

«El gobierno no estaba actuando en el plano político, había asumido la toma del Palacio de Justicia como un combate militar, sin tener en cuenta a los civiles que estaban adentro»[14].

La búsqueda judicial quedó plasmada en informes como el de la Comisión de la Verdad publicado en 2022 y en el caso de Armero, también se impulsaron búsquedas de niños y niñas que fueron separados de sus padres. La búsqueda de desaparecidos y la búsqueda por la verdad fue una sola. Cuarenta años más tarde estos testimonios recogidos siguen permitiendo escuchar las voces de quienes protagonizaron los hechos y no solo de los intereses políticos que inundaron los medios de comunicación.

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[14] Olga Behar, Noches de humo: Cómo se planeó y ejecutó la toma del Palacio de Justicia (Bogotá: Editorial Planeta, 1988). 

La fotografía de Betty Elder: memoria de la reconstrucción

La memoria de Armero no sólo quedó recogida en los testimonios verbales y escritos de los sobrevivientes; las fotografías tomadas por testigos como la estadounidense Betty Elder también son un vivo recuerdo del dolor, la resistencia y la adaptabilidad de una comunidad que lo perdió todo en aquella fatídica noche del 13 de noviembre de 1985.

17 Ciudades de tiendas de campaña 00109_s_r12ag74pvhz0042 (1).jpg
«Ciudades de tiendas de campaña». Betty Elder, 1985.

En la década de los cincuenta, Elder inició sus labores de servicio social en Latinoamérica como parte de un impulso personal por ayudar a las comunidades y de sentirse partícipe de la cultura propia de los territorios que visitaba. A comienzos de la década de 1980, llegó a Bogotá para estudiar fotografía, cuyo tutor fue Abdú Eljaiek, fotógrafo colombiano de reconocida obra y trayectoria. Después de esta experiencia, Elder viajó a Estados Unidos para profundizar en esta disciplina, lo que le permitió dedicarse casi de tiempo completo a la práctica fotográfica y establecer la cámara como su principal compañera de viajes.

30 Una psicóloga organiza un juego 03860_s_r12ag74pvhz3436 (1).jpg
«Una psicóloga organiza un juego». Betty Elder, 1986.

A raíz de la desaparición de Armero y la afectación económica y social que dejó la avalancha en el norte del Tolima, Elder se interesó por recorrer estos espacios, pero especialmente el que alguna vez ocupó la población tolimense. Debido a esta triste y sentida ocasión, la fotógrafa estadounidense acompañó el renacimiento de Armero, lugar que despertó un gran interés en ella. Más allá de retratar la destrucción, lo que quiso plasmar con su cámara fue el resurgir de un territorio único en belleza. Para esto, acompañó a los sobrevivientes a reubicarse en Lérida y Guayabal, los municipios más cercanos a la zona de la tragedia. Este último se configuró como la nueva cabecera municipal del extinto casco, siendo reconocido posteriormente como Armero Guayabal.

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«El primer aniversario». Betty Elder, 1986. 

Su presencia en el valle del Río Lagunillas permitió el acompañamiento de decenas de habitantes sobrevivientes, quienes, instalados en albergues provisionales, conformados por tiendas de campaña, escuelas y bodegas acondicionadas para tal fin, emprendieron una nueva cotidianidad, fundamentada en retomar sus quehaceres cotidianos desde sus nuevos hogares. Los niños, por ejemplo, comenzaron a ser alfabetizados en centros educativos temporales con la ayuda de profesores y psicólogos, los campesinos tomaron poco a poco sus herramientas para trabajar la tierra: sorgo, maní, arroz y algodón, principalmente, empezaron a ser cultivados en los fértiles terrenos, característicos del norte del Tolima. Además, algunas personas, con pica, pala y demás implementos para la construcción, empezaron a edificar sus propias viviendas y espacios comunitarios, perfecto ejemplo del trabajo mancomunado y resiliente.

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«Guayabal, Barrio Suizo, proyecto de auto-construcción - Secuencia 1». Betty Elder, Ca. 1986-1987.

Así, tras constantes y cercanos diálogos con las personas, estableció vínculos de apoyo y comunicación. Gracias a esta relación cálida, pudo retratar a toda clase de habitantes, desde los más pudientes hasta los de bajos recursos, que, unidos por el dolor, lo perdieron todo en una noche. La suma de viajes a los territorios afectados, las conversaciones con los sobrevivientes, el acompañamiento a emprender una vida nueva y el registro fotográfico de estas experiencias hicieron posible narrar visualmente otro sentido y mirada posterior a la peor tragedia natural en Colombia, desde la fuerza y el carácter pujante de sus habitantes.

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«Lérida; Antioquia Presente». Betty Elder, Ca. 1986-1987. 

De la mano de la periodista Ana María Urbina y con el apoyo de Elder, se concibió el proyecto Armero: memoria de un cataclismo el trabajo de una década, entre 1985 y 1995, que recopila vivencias, apuntes en bitácoras, testimonios e imágenes de una tierra arrasada, pero al mismo tiempo fortalecida por la unión, la resiliencia y la memoria. La negativa constante por parte de casas editoriales para publicar la obra, sumada a sus posteriores quebrantos de salud, hicieron que Elder perdiera el ánimo y el proyecto quedara prácticamente olvidado por treinta años. Hoy, con el resurgir de su obra, propiciado por la donación —realizada por su hija Melanie— de su trabajo fotográfico a la Biblioteca Nacional de Colombia, este libro vuelve a ver la luz. Editado por la BNC y cuarenta años después de la catástrofe, Armero: memoria de un cataclismo es publicado por primera vez y configura, entre los textos de la periodista y las imágenes de la fotógrafa, un testimonio no solo de los eventos de aquel terrible noviembre de 1985 sino el renacimiento de una región.

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«La vida sigue y la gente ha aprendido a convivir». Betty Elder, 1986.

 

Bibliografía

  • Anónima. "El sacrificio de un magistrado". El Espectador, 24 de noviembre de 1985. L-759
  • Behar, Olga. Noches de humo: los protagonistas de la toma del Palacio de Justicia. Bogotá: Planeta, 1988. A 110879 
    • Bidegain, Helena Uran. Mi vida y el palacio: 6 y 7 de noviembre de 1985. Bogotá: Tusquets Editores, 2023. A 226473 
  • Carrigan, Ana. El palacio de justicia: una tragedia colombiana. Bogotá: Ícono, 2009. A 104317   
  • Castro, Jaime Castro. Palacio de Justicia, ni golpe de Estado, ni vacío de poder. Bogotá: Norma, 2009. A 103293   
  • Castro, Jaime. Del palacio de justicia a la casa de Nariño. Bogotá: Aguilar, 2011. A 118287   
  • Correa, Juan David. El barro y el silencio. Bogotá: Laguna libros, 2018. A 187354 
  • Cubillos, Víctor. No íbamos para Armero. Testimonio de un sobreviviente. Bogotá: Grafitel, 2015. A 151456 
  • El Espectador. Noviembre de 1985. L-754 y L-759. 
  • El Tiempo. Noviembre de 1985. L-18221. 
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  • Gómez, Manuel Vicente Peña. Las dos tomas: Palacio de Justicia. Bogotá: Ediciones Lerner, 1988. N 94002   
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Enlaces de interés

  • Banrepcultural. Huellas de desaparición. Las cajas negras de la desaparición forzada. 
  • Banrepcultural. Memoria del Palacio de Justicia. 
  • Comisión de la Verdad. Caso Palacio de Justicia. 
  • Ecos del Combeima. Las imborrables huellas que dejó la tragedia de Armero. 
  • Fundación Armando Armero. Imágenes inéditas de Armero 1985-1986 grabadas en 16mm. 
  • Fundación Armando Armero. Memoria histórica. 
  • Ministerio de las Culturas. El Gobierno Nacional conmemorará los 39 años de la tragedia de Armero este 10 de noviembre. 
  • Museo Nacional de Colombia. Cuadernos de curaduría. Memoria del Palacio de Justicia en el Museo Nacional de Colombia: Una historia que no se acaba de contar. 
  • Servicio Geológico Colombiano. 5 lecciones que la tragedia de Armero nos dejó . 

Escrito por

María Camila Sánchez Noreña, Sarita Giraldo Arenas, Juan Alejandro Lozano Bernal y William Samuel Abaunza Abaunza

Investigadores del Grupo de Colecciones y Servicios.